jueves, 23 de febrero de 2012

Lo que no se escribe se olvida

 Y yo nunca quiero olvidar esto...

Caminando por los pasillos del hospital, ya de salida vi como una mujer de aproximadamente 90 años de edad, su pelo canoso amarrado con una cola, visiblemente encorvada, esa característica típica senil, piel arrugada, negruzca, que gritaba campo o aldea, sostenía una taza con su mano temblorosa y le daba de beber algún líquido a otra mujer, en camilla, ésta se denotaba menos anciana, yo le calculé algunos 80 años.

Les vi de lejos, creo que nunca podre encontrar las palabras adecuadas, que hagan justicia al hermoso cuadro que observe ese día. Era bello, con que ternura le trataba esta anciana a la otra, sobre todo cuando de repente cogió un pañuelo que tenía en  su falda, y limpió el líquido que le derramaba sobre el lado izquierdo de su comisura labial.

No pude simplemente pasar, debía preguntar, debía conocer la historia de estas 2 mujeres. Fue así que me acerque, y le pregunte a la primera;

 Yo: ¿Es su hija?
Ella: No, me contestó. Vivimos juntas.
Yo: ¡Ah! ¿No tiene hijos ella?
Ella: No, sonrío ligeramente.
Yo: ¿Y usted? ¿Alguien más que les ayude?
Ella: No. Solo somos nosotras 2.
Yo: Ah, ya veo. ¿Desde pequeñas se conocen?
Ella: Si. Ella se casó, después se separó de el, y ya luego siempre vivimos juntas.
Yo: ¿Y qué le paso? ¿Por qué la trajo al hospital?
Ella: Derrame, dicen.
Yo: Ah...Ya veo. Y en ese momento vi como se acercaban los doctores encargados, y tuve que apartarme.

Volví en la tarde. Ninguna de las 2 estaba.


S.C.

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